La ira de Jacome (18)

Jacome tenía una grave herida en la pierna. Jacome se arrancó la camiseta y se hizo un torniquete que paró la hemorragia. Anduvieron por los alrededores de la casa para coger previsiones. El busca de Jack sonó. Don Tancredi envió un mensaje para avisar a ambos de que escaparan, que los federales los estaban buscando. Jack mandó un mensaje a Don Tancredi contando lo ocurrido y para pedir ayuda. De nuevo el lujoso Cadillac de Ville de 1960 apareció majestuoso. Dentro del coche hablaron de la situación.

-Chicos, estoy contento de que hallais salido  de esta, y parece que los federales no es nuestro único peligro. Saben quién mató al presidente, os conocen. Lo saben todo acerca de vosotros. Estáis en peligro, debéis marchar del país. – dijo Don Tancredi.

-Los entendemos señor, pero ¿a dónde vamos?. Hemos intentado escapar aunque no eran los federales nos han hecho prisioneros. -titubeó Jack.

-Jack, amigo. Sabes todo lo que hemos pasado juntos durante estos 20 años que hemos trabajado codo con codo. No te hablo como jefe si no como amigo. No solo debéis marchar del país si no que debéis salir del continente. -dijo Don Tancredi-.  Mañana zarpa un barco hacia España. Os he comprado dos billetes de ida.

-Gracias señor, tendrá noticias nuestras. – dijo Jacome aturdido-.

-Volvamos al hotel mañana será un día duro. -continuó Don Tancredi.

El despertador sonó temprano a las 5:00. La tensión se palpaba en el ambiente. LA mañana era lluviosa, fría y siniestra. Se mascaba un cierto aire de incertidumbre y de misterio. La niebla densa cubría las casas a media altura y los rascacielos se alzaban impetuosos sobre el cielo oscuro de la ciudad. Jacome miraba pasmoso la ventana. Era hora de partir. Jack se secó el pelo mojado de la ducha, se puso su traje y cogieron las maletas. Iban impecables, impolutos. El barco era un enorme trasatlántico, azul y blanco. Su interior era lujoso, para gente bastante elegante. Jacome y Jack no salieron de su camarote. Tampoco hacía falta. Estaba oscuro, llovía y la mar estaba picada. El camarote estaba tapizado por una moqueta de terciopelo roja, sus sofás estaban tapizados por piel de tigre de bengala. El viaje fue largo y tedioso debido a las condiciones meteorológicas. El trasatlántico atracó en el puerto de Cádiz. Al bajar el registro impuesto por las autoridades fue implacable. Todos los pasajeros fueron registrados

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minuciosamente por las fuerzas del orden. Entraron en un bar cerca de la costa. Leyeron el periódico y preguntaron al camarero. El país estaba en una situación muy tensa. Vivían bajo la dictadura del General Francisco Franco Bahamonte. Jack y Jacome decidieron no quedarse en el país e ir a otro destino. Entonces Jacome dijo:

-Jack porque no vamos a París. Podemos alojarnos en la casa de mi madre hasta que encontremos un domicilio estable y podamos volver al hotel.

– Me parece bien Jacome. ¿Pero como pretendes ir de Cádiz a París?- pregunto intrigado Jack.

-El camarero nos dijo que muchos españoles van de manera clandestina a Francia para huir del caudillo, es decir se exilian. – dijo Jacome.

Jacome cogió el mapa que el camarero les dio y trazó una ruta que enlazaba Cádiz y Barcelona evitando el paso por Madrid. Tras varios días de duro pero tranquilo viaje con sus correspondientes registros, Jack y Jacome atravesaron la frontera impuesta por los Pirineos pisaron suelo francés. A Jacome le gustaba respirar de nuevo el aire puro de su patria y se encontraba más confiado y lleno de energía. Pronto volvería  a ver  a su madre. Cuando llegaron a París Jacome, se emocionó al ver su casa. No había cambiado nada, las flores en la ventana, la panadería de la esquina y los transeúntes a los que Jacome ayudaba en la estación. Entraron en casa. Se respiraba armonía y tranquilidad. La madre de Jacome, Camille, estaba muy deteriorada por la avanzada edad. Tras ponerse al tanto de todos los sucesos, Camille, Jack y Jacome salieron a dar un paseo. De repente, un sonido atronador y una gran algarabía se creó en los alrededores. La madre de Jacome yacía en el suelo, inmóvil. Tras un momento de desconcierto, Jacome, divisó a lo lejos a dos personas de traje negro guardando algo en un pequeño estuche que se montaron en una furgoneta negra y de lunas tintadas. Jacome desesperado soltó un grito desgarrador, mientras se desgarraba la ropa, mostrando la ira que sentía en lo más profundo de su corazón.

– vous lamentez ce laitier.- gritó Jacome en su lengua natal.

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