Hermanos para siempre (21)

Era un Sábado como otro cualquiera en París, una espesa niebla acariciaba las bocas de las distintas alcantarillas que dominaban todas las calles de la ciudad, el sol asomaba sin prisa pero sin pausa detrás de la figura férrea de la Torre Eifell y los gorriones cantaban sin cesar desde que el primer ápice de luz salió presuroso detrás de aquella vasta colina. El paisaje era bello. Jacome no había pegado ojo en toda la noche pensando en la suerte que su madre había corrido el día anterior, pensando en como la muerte se alejaba presurosa por aquella calle estrecha y lúgubre dejando sin vida, en el suelo, el cuerpo inerte de su madre. Jacome estaba triste, meditabundo en aquella habitación pequeña y oscura de una casa vieja y descuidada, en cuyo jardín, un cancervero custodiaba vanidoso  justo en la puerta de hierro oxidado de una valla que se alzaba impetuosa limitando la entrada en la vieja casa.  Si, estaban en aquella casa donde antaño, Jacome tomó la desafortunada decisión de ir con Jack en busca de aventuras.

Vamos Jack despierta, el sol ya ha salido completamente, es hora de ponerse en marcha – dijo Jacome –

Chico, es temprano aún, relájate, tenemos mucho tiempo hasta la noche – Dijo Jack con un tono fingido de despreocupación –

Cómo quieres que me relaje Jack, ayer mi madre encontró la muerte, bueno, más bien la obligaron a ello, y juro ante Dios todo poderoso que no descansaré hasta dar caza a quién me ha lanzado esta afrenta, en el nombre del padre, del hijo, del espíritu santo, amén – Dijo Jacome un tanto sobresaltado, pues el sentimiento de banalidad existencial, de tristeza, de ira, que Jacome sentía en ese instante, solo podría ser descrito por genios como Lorca, Cernuda o Dámaso Alonso-.

Rápidamente Jack y Jacome vencieron el cansancio tanto físico como mental que se apoderaba de la totalidad de su ser, Jack colgó de su cintura la Magnum Smith & Wesson .500  de la que tanto le gustaba hablar con altanería delante de sus colegas de la familia contando siempre la historia de la que tanto se enorgullecía, cuando disparó por primera vez el arma y dividió en dos por la cintura a una vaca que pastaba tranquilamente en los vastos campos de Venezuela. Jacome cogió su fusil de asalto predilecto, una ametralladora automática cuya fama la precedía debido a las miles de vidas que los alemanes estaban quitando en el norte de Europa, la mp44. Sin embargo Jacome no se olvidó de su cuchillo de caza, aquel que quitó a uno de los guardias afroamericanos en Sudamérica durante la fuga de su cautiverio.

Muy bien chico son las ocho y treinta y dos, ya podemos ponernos en marcha – Dijo Jack – convenciéndose a sí mismo de que no sabía quienes habían matado a la madre de Jacome, pues no era capaz de creer  que el nombre de Don Tancredi figurase en la lista por casualidad.

Jack estaba retocando el nudo de su pajarita hasta que consiguió que luciera perfecto, se giro para indicarle a Jacome que debían salir ya, y notó, en su rostro curtido por el sol Sudamericano, arrugado y áspero, el frío cañón de la mp44, notó también el frío que se apoderaba su cuerpo, que le ponía los pelos de punta y cómo un escalofrío recorría su cuerpo de la cabeza a los pies. La muerte estaba presente en aquella casa, acechando agazapada en la oscuridad de las esquinas del derruido salón de la entrada esperando paciente a saltar sobre su presa como un tigre sobre una ingenua gacela mientra bebe, inocente, en las depresiones de los ríos Africanos.

Fuentes: IMAGEN.

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