Las desgracias nunca vienen solas. (25)

Me asusté al ver que se volvía a poner pálida, y se le iba la mirada, como ausente. No sabía que hacer, el miedo me paralizó. Una ola de frío atravesó mi pecho y me impulsó a gritar:

-¡Abuela, abuela! ¡Ayuda por favor!

Mi abuela empezaba a jadear y nadie aparecía. Me estaba poniendo muy nervioso, cuando de repente entró una enfermera con un médico, que se llevaron a mi abuela corriendo, mientras yo me quedé allí, sin respiración, pensando que podía ser la última vez que veía a mi abuela.

Empecé a llorar, y entró una enfermera diciéndome que no me preocupara, pero era imposible… ¿cómo no me iba a preocupar? Yo era el culpable: por mi culpa mi abuela estaba así, tal vez no debí haberle contado nada, debería haberme callado, porque entonces mi abuela estaría bien…

La enfermera salió y mi madre entró en la habitación con lágrimas en los ojos: venía al hospital a ver qué tal estaba todo, cuando la llamaron avisándola. Yo cada vez me sentía peor, más hundido. Cuando creía que esto no podía ir a peor, apareció Isabel, que se había enterado que estaba con mi abuela en el hospital.

-¿Qué ha pasado Mario?¿Por qué estás así?- no podía responder, no tenía fuerzas.

Una enfermera apareció en la puerta. Todos la miramos poniéndonos en lo peor.

-No se preocupen, hemos conseguido estabilizarla, aunque por poco. Será mejor que esté un tiempo sin recibir visitas, está muy débil. Sin embargo les informaremos de cualquier novedad.

Nos fuimos a casa, preocupados por lo que podía pasar. Isabel también vino con nosotros, decía que quería quedarse conmigo un rato. Me apetecía estar solo, pero aun así me gustaba la idea de pasar tiempo con ella. Subimos a mi cuarto y ella cerró la puerta, supongo que se daría cuenta que quería aislarme un poco. Me senté en la cama, y ella se sentó a mi lado. Noté su mano acariciando mi cara, y me sentí un poco mejor. La miré, y nuestras miradas se estaban cruzando.

FUENTES: IMAGEN

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